Patagonia - CAS
Tuesday, March 28, 2006, 06:02 AM
El último chequeo de la Bambi lo dejo a Xavier, el Cordobés de la Ivecam de Mar del Plata que siempre me trató como a un amigo y a la Bambi como a una hija. No espero terminar el viaje para agradecer a todas las oficinas Iveco de Sur America, que me atendieron (realmente atendieron a la Bambi) con mucho calor y profesionalidad.



Como dice Marcelo, la música de los Pink Floyd es la que mejor acompaña el perpetuo nada que estamos cruzando. Raras cancelas, dividen kilómetros cubos de campo aparentemente inutilizado. Algunos gauchos insisten recorriendo este infinito, sentados sobre un cuadrúpedo, por cuanto inteligente. El sol se alterna a sol y un asfalto que ya no está bueno, pero inexorablemente derecho, está indicando a la Bambi la dirección (sur-sur muy sur) donde queda la Tierra del Fuego y – pasado el estrecho de Magallanes y la Cordillera - Ushuaia.



La Patagonia de la Ruta 3 es un desierto, y como todos los desiertos te permite de sentirte, por un día o una noche, el único habitante del planeta. Pero al despertar te deja una única idea constructiva: donde está la salida de esta pesadilla?



En un mundo donde las únicas novedades son una curva o un bofetón del viento, un cordero patagónico o un grupo de guanacos, un armadillo solitario o (mas único que raro) un pantano con algunos flamencos, o un camión que te adelanta a los 130 kilómetros por hora, o, en fin, algunos animales muertos que no respetaron la señalización, quedan sólo tres cosas para hacer: manejar, descansar o escribir.



El sol inexorable de las 17 me acompaña de Puerto Madryn hacía Comodoro Rivadavia. Nos encontramos ahora a los 1700 kilómetros de Buenos Aires. La Bambi, desde Mar del Plata, hospeda tres personajes en búsqueda de emociónes: el escribiente que en este momento está justo escribiendo… Marcelo que maneja y Fanny que descansa, en mi cama en viaje.



Hace dos días, a lo largo del camino entre Bahia Blanca y Viedma, encontramos a Thomas, un noruego que está dando la misma vuelta en bicicleta. El arrancó en Nadal, Brasil, y estaba parado en la banquina para fotografiar algunas florcitas rojas. Cada día, solo, recorre 30/40 kilómetros. Habla un buen Inglés y con una voz estridula y suave, me dice que de esta manera se disfruta mejor la naturaleza.
Estoy seguro que huyó de un hospital de locos y que lo están todavía buscando, en la periferia de Oslo.



Puedo hablar de locura, porqué (desde siempre) la conozco bien: ayer, en Puerto Madryn, volamos en parapente en frente al Atlántico. Se hace así: te levantas, te abrigas, averiguas la dirección del viento, buscas a un acantilado perpendicular al aire. Subís hasta la cumbre. Te fijas con el anemómetro que hay entre 15 y 25 km/h de viento, elijes un despegue y abris la vela. Luego te queda solo el goce de volar con las gaviotas y la Bambi que te espera allí, fiel como una amante. Al final, podes despertar.
Lamentablemente la mañana siguiente llovía y no pudimos repetir la magia.



En Puerto Pyramides, en la península de Valdes, hemos conocido a Fred y Inês, una bonita pareja de Portugal que en Rio de Janeiro compraron una VW Westfalia. Y que de una forma seguramente meno cómoda y mas romántica, está haciendo nuestro mismo recorrido.



Sin hablar de los chicos que cruzamos mientras caminan a lado de la carretera, empujando un carrito. Ellos viajan a pies.
Como decir. En el planeta tierra, desde una latitud en adelante, se encuentran solo personas sin neuronas. Que lindo!



En Comodoro Rivadavia, paramos en la Concesionaria Iveco Fiorasi por un ruido extraño desde la rueda trasera izquierda. Acá también comento que todos los accidentes de cubierta pasaron a la trasera izquierda. Efectivamente la cubierta tiene una bariga preocupante…. No pasa nada, solo un molestoso ruido.



Sino que el dueño del camping, esta mañana nos a saludado diciendo: “con esta camioneta no le va a pasar nada”. Y así fue, que a los 200 km de todo, la cubierta se abrió como un huevo de Alien y, luego del asusto de los chicos (yo estaba manejando y no sentía algún peligro) tenemos que cambiar una rueda. Marcelo y yo somos una pareja trabajadora. Bueno… como Jacopo, El cree que siempre tiene la razón, así que yo me limito a controlar y corregir su trabajo y al final el resultado es excelente.



La mítica Península de Valdés es una mítica desilusión. Los lobos marinos son lejos, abajo, el camino es rígidamente controlado por guardias poco afables. La entrada costa 10 pesos. Por los estranjeros 35. Inutil.



En Puerto San Julian se realizó la primera misa en territorio Argentino, 16 años antes de la fundación de Santa Maria de Buenos Aires. Un primo de Magallanes llegó con 5 carabelas en este perfecto puerto natural. Una, la Victoria, está también acá testigo del evento. La ciudad, en la bahía entre Cabo Curioso e Cabo Desengaño, forma parte de la meseta semiárida, con una cubierta vegetal típicamente esteparia y situada en un suave faldeo que desciende hacia la bahía.



El frío y el viento no eran acogedores: desierto hace rima con desolado, aislado, deshabitado, árido, inhospital. Pero, bajo el punto de vista de un marinero, el lugar es precioso. El viejo Pigafetta en más, escribió una carilla, y en ese bicho, todas las mapas antiguas que vi, eran escritas en Italiano. Como decir, Patagonia estuve descubierta antes de la Argentina misma.



De San Julian a Rio Gallegos, afortunadamente no pasó nada. Mejor. Donde no llega la tecnología, puede la burocracia. Y viernes 17, a las 17 de la tarde, me encuentro a la frontera de Integración Austral sin poderla cruzar.



Explico. Los trabajos (y los vuelos, por cierto) en Mar del Plata demoraron muuucho tiempo, así que no renové mi visa Argentina. Lo voy hacer a la frontera, pienso. Pero en esta frontera no hay Migraciones. Y en Rio Gallegos (los 65 km de nada, antes) estará cerrada hasta el lunes. Wow!!! Habria debido pensar antes en eso. Sino que la ligera actitud Argentina de “se soluciona todo, no te preocupes” ha contagiado evidentemente también el escritor. Poco mal. El Calafate está a los 300 kilómetros, así que decidimos de pasar allí el fin de semana.



Supongo que el paisaje va cambiar. Pero prever es difícil, sobre todo si se trata del futuro. El Calafate, conocida localidad Andina (que en Europa suena como Alpina), es completamente falsa. Los árboles fueron plantados y alrededor el paisaje sigue desierto. Las calles son las a manzanas. Solo la arquitectura de las casas recuerda un pueblo de montaña. Estamos muy lejos del calor de Cortina d’Ampezzo. Verdad, acá hace frío.



Acá cerca, a los 80 kilómetros, está el glaciar Perito Moreno, que representa también el único maravilloso sentido para visitar el lugar.



Llegamos con el sol y salimos con la lluvia. Mariano Minich, un amigo de Marcelo, nos hospeda en el CALA: Club Andino Lago Argentino, una estructura que es también un gimnasio de climbing, y en el invierno, cuando el lago se congela, alquilan patines.



A nosotros interesa volar. Marcelo es el maestro, pero yo – y esto quedará por siempre aunque no en la historia, por lo meno en este blog – soy el único que voló en frente al Perito Moreno.



Mariano nos acuna como puede (es el dueño de la principal farmacia de El Calafate y tiene también que trabajar) y, junto a el, vamos a volar cerca de la ciudad.
Inês, que llegó con Fred y que ojala encontraremos también en Ushuaia, en su primer tandem, hace un supervuelo con Marcelo.



En El Calafate empieza la verdadera aventura. Desde 1200 kilómetros me quedo sin auxilio. Trato de conseguir otras 9.00/16, pero ya lo sabía, es imposible encontrar esta medida en Argentina. Y Chile. Me queda solo el Paraguay y mi fiel amigo Jorge Candia. Gasto 200 pesos en llamadas para coordinar un envío DHL desde Formosa (extremo norte Argentino, a los 100 kilómetros de Asunción) hasta Ushuaia. Gasto 150 pesos mas por una cubierta mas chica (7.50/16), que, como la Bambi Rodante, es mejor que nada.



Marcelo no aprecia, pero yo si. Esperando que no me va a servir.
Tenemos que cruzar 4 fronteras, recorrer 2000 kilómetros antes de volver a El Calafate, y no sé cuantos kilómetros de ripio. Hasta Ushuaia cruzaremos los dedos. Por un extraño apuro natural de Marcelo, salimos a las 6 de la mañana. Y el futuro, con sus sorpresas, no traiciona. A la Aduana Integración Austral, o Monte Aymond, pararon a Fanny por un controle. Resulta que la última vez que estuvo en Ushuaia, trató de comprar algo con un billete falso. Hasta que llega el fax, nos quedamos cincos horas esperando: entre la nada, el viento, y algunos gendarmes que a pie, en pareja, hacen el recorrido para fijarse que en esta nada no vaya a pasar nada.
Esta es la segunda vez que nos paramos acá. Y por Fanny fue una pesadilla. Fría.



Cruzamos la frontera con Chile a las 17 y a las 18 embarcamos en la balsa que cruza el Estrecho de Magallanes en 15 minutos.
Son las 19 y me encuentro en Serro Sombrero, Tierra del Fuego Chilena. Tengo que llamar a Jorge en Asunción por el tema de las cubiertas. Noticia ligera. Pesan 66 kilos y la expedición sale 450 USD. ¿Absurdo? Antes me fijo si en Ushuaia encuentro algo.



Tira un viento de la puta madre, hace un frío de cagarse y ya es noche. Los próximos 150 kilómetros son de ripio hasta San Sebastian, la frontera con Argentina. Luego tenemos 80 kilómetros de asfalto hasta Rio Grande mas 200 hasta Ushuaia, y no tengo buenas relaciones con los santos del paraíso.
Así que decido de parar el la pequeña Hosteria Chilena. Reanudamos a la mañana, después un desayuno de café y una excelente mermelada casera. Clarissa, la dueña del Hotel, me indica un camino alternativo donde el ripio está mejor. En el camino encontramos lluvia, viento, sol, ovejas, corderos, vacas y gansos. Y ripio lindo.



Cruzamos la frontera entre Chile y Argentina. Bordamos el Océano Atlántico hasta Punta Maria y luego doblamos al Sur para subir a la cordillera. Ushuaia es la única ciudad Argentina de otro lado de la Cordillera Andina.



Entre montañas que se parecen la Valle d’Aosta y la Valle de Sierre, encontramos el enorme Lago Fagnano (¿es piemontés?) y el pequeño Lago Escondido. Un cóndor gira sobre nuestras cabezas mostrando lo fácil que es volar en dinámica.



Mi viaje está llegando a su extremo Sur. También la Bambi decide festejar y a los 3000 kilómetros de Buenos Aires, marca su primeros 60.000. Isn’t she lovely?



Bajando hacía Ushuaia hay los últimos kilómetros de ripio polvoroso que en un año será cómodo asfalto. Si quieres repetir mi experimento no hacer como hice yo: vienes acá, compra una nueva camioneta Ford, Chevrolet o Toyota y anda por Hoteles. Gastas meno.
En Ushuaia entro en el Circulo Polar Antártico De Los Más Desubicados Del Mundo donde encuentro a todos. Un grupo de bolognesi que crucé en El Calafate y que esta noche están cenando en el mejor restaurante de la ciudad.



Luego nos pusimos contentos de encontrar a los chicos: Fred e Inês con Flu, la perrita.
También conozco a Manuela y Carlo, viajantes con una Land Rover Defender patente de Cremona, y que iré a encontrar otra vez en Brasil.
Y al final busco también Urs y Romana, que conocí en Buenos Aires hace un año…



Ushuaia ya no existe. No queda nada del antiguo bastión construido por los carpinteros que vinieron a propósito de Véneto que en aquella época trabajaron para el gobierno Argentino.
Ushuaia hoy es fea y impersonal. Pero posee la fascinación del objetivo alcanzado, y esto basta para enamorase.
En Ushuaia conviven dos razas: los turistas que pasean en polar y los autóctonos que andan en remerita de manga corta.



La ciudad se zambulle en la bahía del Canal del Beagle, con un mar de aceite, porqué está cerrada por el territorio Chileno. Más allá, efectivamente, está Porto Williams y a pesar de la publicidad local, es esa, la ciudad más Sureña del mundo. Me llega.
Aquí estoy respirando el extremo, el aire oxigenado de los glaciares, el viento de el Antartida que caricia mi rostro. Hoy me despierto en la Bambi, mirando la ciudad desde Playa Larga y pienso que a parte los pocos habitantes de Porto Williams, algunos turistas en barco crucero y un pugno de científicos en el Antartida, soy la persona que se acostó mas al Sur del mundo conocido.



Quería quedarme una semana, para decir que allí he vivido. Quería arrancar el motor de la Bambi para descubrir si hay algo, mas allá. Pero se ve solo el mar, y las islas de los pingüinos, que se pueden visitar en catamarán turístico.



He llegado en la punta extrema Sur, entre el Oceano Atlantico y el Pacifico.
Ese infierno de agua que paró el Bounty del bravo capitán Bligh y que permitió a Fletcher de alcanzar Tahiti y el calor de una isla tropical desconocida.



Ushuaia, fin del mundo. Y donde todo se acaba y reanuda. Sé que acá no volveré nunca más. Sino sé que estuve. Era un sueño llegar, y lo he realizado. Tengo que agradecer a Jacopo, a Alessandro y a mis padres, por haber permitido que este sueño se haya hecho realidad.
Reanudo hacia el Norte y hacia mi isla, todavía desconocida. A POOOIIILE!