La Cruzada - II parte - CAS
Wednesday, November 30, 2005, 06:26 AM


VERSIONE ITALIANA

Enamorarse puede lastimar. Pero que lindo!…
Se alcanzan las máximas alturas de las emociones y los pulmones respiran el aire saludable, vital.
También tocar el abismo, o mejor, llegar al límite o a la condición que cada uno de nosotros, personalmente, considera su punto mas bajo, siempre me gustó.
Curiosamente, durante mi existencia, personas cercanas me han apuntado con improperios, por esto.
Curiosamente, el concepto de “ofenderse” no me llega.
Sigo mi camino de experiencias al límite, convencido de que no puedo vivir mejor esta vida.
Sin una meta. O desnudo a la meta. No importa.
Después del abismo, resolver encontrando una salida es un regalo inesperado.



Estoy viajando en un coche con desconocidos, en el Paraguay fronterizo con Bolivia. Los tres personajes están callados. Uno parece dormir y al mismo tiempo siento que me estudia y controla. Los tres fusiles están pegados a mis piernas y las piernas del mas joven a mi lado.



En América del sur es costumbre general tener armas. No es el Far West de Wyatt Hearp, pero lejos de las ciudades las distancias son enormes, pues no se puede confiar siempre en la policía. Quién tiene un arma es un delincuente, o una persona rica que debe defenderse de los delincuentes, o un cazador. Contemplaba esta tercera opción, recorriendo con los tres chavones, los 120 eternos kilómetros que me separaban de Mariscal Estigarribia. Sin automóviles que cruzan, ni camiones, sin algún tipo de control policial….imaginaba que hubiese sido simple asesinarme, ocultar el cuerpo - pero que digo ocultar? - …abandonar mi cuerpo al lado de la carretera, para una… ilusión de abundancia.
La carretera es perfectamente derecha. Las luces al fondo que ya se ven, están por lo menos a 30 kilómetros. Ya es de noche. Pero si tenían intención de matarme, ya lo habrían hecho, filosofaba. Llegamos al pueblo y los tres, re fríos pero amables, me indican un hotel. Inesperadamente estoy vivo.



El hotel cuesta poco más de 4 USD (25.000 Guarany, la moneda local). La mañana siguiente me levanto para organizar el rescate.
Mariscal es la primera ciudad, a 230 kilómetros de la frontera con Bolivia, que permite subir de este abismo, hecho de cólera con mi mismo y de preocupación para el destino de Giancarlo y de la Bambi, forzadamente abandonados en el infierno del Chaco Paraguayo.
Paraguay mide una vez y medio Italia y cuatro millones de personas lo habitan. Dos millones de los cuales viven en Asunción. Mariscal se parece un pueblo fantasma. Estoy solo en el medio de la nada.



No tengo la cámara fotográfica y solo puedo describir Mariscal Estigarribia.
En Mariscal las carreteras son sin asfalto y polvorosas. La distancia entre las casas es la misma de Lo que el Viento se llevó. Y el viento, aquí, forma remolinos continuos que levantan nubes de polvo así que uno se debe dar vuelta para sobrevivir.
A dos cuadras está el almacén, a seis cuadras el mecánico, y a diez cuadras, después de la Aduana, está la estación de servicio. No hay ni un bar. Solo viento polvoroso.
El medio de transporte mas común es el caballo. Luego la bicicleta.



Pero en Mariscal conozco de cerca, lo que a todo el mundo le da miedo: el amable acogimiento, la disponibilidad, la cortesía de la gente Paraguaya. Encuentro algunos alemanes que conservan la lengua europea y con ellos hablo gracias a las pocas frases que todavía mi memoria conserva. Muchachas re amables y señoras fascinantes hacen competencia para recibirme. Incluso un italiano, Massimo, que ha abierto un restaurante atrás de la Aduana. Pero nadie puede ayudarme de hecho. Por lo tanto entro en el único locutorio de la ciudad para llamar al Automóvil Club de Asunción. Pero para ellos la Bambi es demasiado pesada, así que me proveen el número de los “Choferes del Chaco”, siempre en la capital. Me comunico con Jorge Candia, el dueño. Me asegura que una grúa idónea llegará al lugar esa misma tarde. Estoy a salvo.
Olga Benegas, la dueña del locutorio, me presta su celular… ella debe irse al campo… pues volverá entre tres o cuatro horas.
Estoy impresionado por tanta cortesía, pero ahora es el momento de descansar.



Jorge llega a las 19.30 (salió de Asunción a las 11.00). Subo en la potente grúa Toyota y llegamos a la medianoche al lugar del accidente. Abrazar a Giancarlo vivo y ver a la Bambi significa llorar de felicidad y respirar aire saludable. Cinco horas para salir de los últimos 70 kilómetros de arena, luego otras cuatro horas antes de que Jorge – super profesional - decide parar para dormir. Reanudamos a las 13. El camino que cruza el Paraguay del oeste al este, es increíblemente parecido. He tomado fotos idénticas, a 300 kilómetros de distancia.



Entramos a Asunción a las 19,30. El rescate, para Jorge, duró 32 horas. Estacionamos la Bambi con seguridad, con el hocico arriba. Giancarlo y yo merecemos un hotel decente.



Asunción, a partir de este momento, es un sueño inesperado. Jorge nos ayuda mucho más de lo lógico. ¡Nos introduce a su enorme compañía de amigos y yo juego al fútbol (en total, 3 partidos ganados, y tres goles que marqué! Nunca fui un apasionado del juego, pero…), aunque la rodilla me pone más viejo de lo que soy.



Conocemos a las dulces hijas de Nacha Sanchez, que me ha recibido en Mariscal con su amiga Olga. Por toda la semana, la Bambi está operada a corazón abierto por los bárbaros muchachos del FerPar, que trabajan duro para enderezar todo lo que el choque había dañado.





Jorge me ayuda a comprar nuevas llantas (cubiertas en Paraguay), porque las de la Bambi se cortaron chocando contre la chapa. Cada día trato de conseguir repuestos: tarea complicada porqué acá la Iveco ha abandonado el mercado. Pero Asunción, al fin y al cabo, es un relajo.





La cancha de fútbol de siete con el árbitro, la churrasqueria brasileña, la comida Paraguaya doc, el boliche en short (Yo, caso único en la historia, parece) y el cine con Jessica, una vuelta al club náutico en el río Paraná, el mar de Asunción, y la vuelta turística en el centro colonial, con la catedral, los palacios del gobierno y la villa, que se encuadran en la misma plaza mayor.



Jorge no es solamente un profesional enamorado del Chaco y de su familia. Él es un amigo, cuidadoso, divertido y presente. ¡Y un maldito gentleman! Se parece a Lula, el presidente brasileño. Y lo recomiendo a cualquier persona.



No es el único que no deseo olvidar, en esta ciudad. Guillermo Digalo. Mario Flores, y su familia. Verónica: la sonrisa mas hermosa del Paraguay.



También en la Aduana central de Asunción, atienden al público personas cariñosas y disponibles, y no los fríos, brutos, ignorantes burócratas italianos de oficina, de los cuales estaba acostumbrado.Y cuando salí, en la pazeita en frenyte a la Aduana me ofrecieron carne a la parrilla, por el cumpleaño del barba.



Dejo Asunción para ir a Ciudad de l’Este. Ya conozco esta rueda del infierno al que van los malvados, y soy habitué: nos da miedo lo que no se conoce, y yo, sin embargo, nunca le tengo miedo a nada.
La ciudad ha cambiado mucho con respecto a tres meses atrás. Menos sucia, menos quilombera, con algunas carreteras arregladas, aunque con el mismo increíble tráfico comercial.



Compro el estéreo nuevo. Compro un poco de digitalia también para Simonetta y Diego, universalmente reconocidos como tecnológicamente boludos retrógrados.
A Giancarlo, centinela enamorado de la Bambi, a quien le agradezco de nuevo su determinación y valor demostrado en el Chaco, le regalo una entrada a las cataratas del Iguaçu.



En Foz reencuentro a Jorge, el muchacho Chileno que me escoltó en mi precedente visita. Está siempre un poco enfermo, sufre de los pulmones y me preocupa, pero hoy está en la compañía de sus adorables niñas: Valeria y xxxxxxx. Valeria habla brasileño pero entiende perfectamente castellano, así charlamos y me divierto mucho mientras cocino una pizza y en la mañana siguiente, cuando la observo ansiosa y femenina, comiendo Nutella.



Ya todo está listo para alcanzar al Océano Atlántico. En la autopista brasileña me doy cuenta de cuán retrógrado es Bolivia. El peaje cuesta un poco más, pero sin sorpresas ni esfuerzos, llego a Guarapuava y luego a Curitiba. Ciudades hermosas, pero sin la fascinación de la América del Sur.



Brasil no tiene la buena onda Porteña o Argentina, la gente aquí es amable y agradable como en Milano en noviembre haciendo cola bajo la lluvia, en el tráfico de las 19,00.
¡En más, como en Chile, todo cuesta más caro!!!! ¡Casi como en Europa!



Y la selva, que en Misiones, en los parques Iguazú y Urugua-í, es rica y todavía virgen, acá, en Paraná, durante el último siglo la afeitaron y hoy el paisaje se caracteriza por grandes valles cultivados. También en esta parte de Brasil es asombroso darse cuenta de que poca atención se le ha prestado a la naturaleza, en el siglo XX. Así pienso que en e Amazonas, Ingvar Kamprad, el hombre más rico del mundo, está cortando dos canchas de fútbol al día para hacer aserrín. Y nadie lo para.



La humanidad es estúpida? Algunos hombres se creen más listos, pero lamentablemente, en realidad, a menudo son solo más ambiciosos.



Giancarlo al contrario, de buen Peruano, se apagó rápidamente después de los primeros 2000 kilómetros. Mis esfuerzos para despertarlo de la extraña modorra que le está agarrando, se enfrentan contra su necesidad vital de dormir, durante el recorrido. La nostalgia por Perú no le permite aprovechar a full de la aventura que estamos viviendo. Lastima. Si no se despierta, en Buenos Aires lo atropellaran al toque, y no tendrá éxito para conseguir trabajo. ¡Pobre Muchacho! Pero también la vida es ésta.



Finalmente la cruzada se completa idealmente en el Balneario de Camboriú, en la costa del Océano Atlántico. Aquí yo puedo relajarme en una playa todavía desierta porqué estamos fuera de estación. Bahía fascinante. Finalmente vuelvo a broncearme. No vivo sin sol y de hecho he perdido un verano (el boreal de Julio-Agosto 2005), viviendo hasta ahora el alargadísimo inverno austral.
Entonces estoy solamente a 1500 kilómetros de Buenos Aires….enseguida volveré a casa.



Florianópolis es la capital del estado de Santa Catarina. Escuché hablar de la ciudad por la mujer de un marinero que viajaba en el Repubblica Argentina, el barco que me ha llevado a Sudamerica. Ellos se estaban mudando acá, y comentaba apasionada de esta ciudad que realmente es particular y espectacular. Florianópolis está dividida en dos partes: mitad en el continente y mitad en la isla de Floripa. Un gran puente las une y las caracteriza. Por un lado, grandes carreteras y la zona industrial, por el otro, el perfil de los rascacielos rodeados por el mar y los barcos amarrados.
También es la ciudad turística más sureña de Brasil, visitada por muchos Argentinos, durante el verano.



En Floripa, de hecho, conocemos solamente Argentinos, que nos reciben como amigos. La casa de Viviana y xxxxxx sale directamente de un libro de cuentos.
Es una atmósfera mágica. La azotea es azul, las paredes son rosa, la chimenea está hecha con las piedras de la montaña circundante. Hay en el interior el mismo desorden de los duendes enamorados. Todo se confunde: las pajillas, los libros, las mantas y el televisor. Alrededor un bosque de bambú, un arroyo, loros verdes y mariposas así de grandes.
Todo parece precario y libre. Pobre y vivido en alegría. Una pareja única. Una casa única. Una maravilla.




Exagero un poco. Porqué la armonía de la casa es distraída por la presencia de los tres hijos. Miorén, Conrado y Yuri están creciendo y tienen los requisitos de todos los adolescentes. Yuri es un niño que para cada pedido, se queja. Miorén está constantemente a la búsqueda de lo que no encuentra, y por eso sigue enojada.



Conrado al contrario parece un muchachito equilibrado y atento. Parece saber que lo que desea y supongo que lo sabe de hecho. Regalo un vaso de Nutella para que lo paladeen. Conrado agradece: ¿dulce de leche? ¡Ni en pedo!



Es difícil que la vida ofrezca por cada día el desayuno con pan y Nutella. La inteligencia es saberse adaptar a cada situación. El carácter es la capacidad de sonreír en cada situación. Sin Nutella, aún.
También Alejandra, amiga de Viviana, nos recibe como príncipes. Esta vez el mérito está todo en la fascinación Inca de Giancarlo, que por los días siguientes no conoce otro argumento.



La isla de Floripa es un mundo de playas, lagunas, colinas ricas en vegetación, y las ciudades son hechas para atender bien al turista. En Praia Molhe docenas de surfers están practicando para el próximo campeonato nacional. Hay también algún parapente, pero se debe hacer frente a treinta minutos de subida para cinco de vuelo. Consulto democráticamente con mis rodillas que votan no. Victoria para mayoría relativa. ¿Todavía tendrán que operarse, en Buenos Aires? Vamos a ver.



A la izquierda de Praia Molhe, hay una enorme playa nudista, uno de los pocos lugares donde realmente me relajo: Paolo Zanaboni y el sol, como desafío continuo y beneficioso, con el mar que hace de árbitro y juez.



Salimos un poco tristes de esta isla Argentina en Brasil, esperando volver a ver por lo menos a Alejandra, en Buenos Aires.
Pasa que el cable del embrague se rompió, y mientras manejo con un pie solo, deseo estar en Buenos Aires, rodeado por todas las concesionarias Iveco del mundo.
Criciumá me encanta. Es una ciudad pequeña. Alegre y acogedora como las personas que se divierten, y hacen de todo para divertirnos.



Hay también una concesionaria Iveco Pozzoli. Todos italianos, de Treviso, si la memoria no me falla.
Como en Curitiba, donde Tatiana la linda ha fotografiado exageradamente la Bambi, también acá se aprecia la furgoneta y se ocupan de ella. Pero no hay algún repuesto: el TurboDaily producido en Brasil es completamente distinto.



Porto Alegre es muy portuario y poco alegre. Llueve y hace frío. La plaza mayor está llena de millones de vendedores ambulantes y potenciales chorros, pero hay un restaurante turístico con mesitas afuera, y está protegido con seguridad.



Tomo asiento para probar un vino brasileño de mediana calidad, y de un Barbicacho: un facsímile de risotto a la piemontesa. Me recuerda a mi amigo Carlo cuando me invita a Nizza Monferrato para comer bagnacauda y risotto al tartufo blanco, regado de Barbera superior de Vinchio y de Vaglio. Pero yo como con más gusto, pensando en Monica, la maravillosa hija de Roberta, su mujer.



Saliendo de Porto Alegre, la pobreza se oculta entre los arbustos, en los márgenes de los copiosos ríos que desembocan en el Oceano.
Ruinas desbordadas de vida, mitad periferia de la ciudad, mitad bosque tropical.



Desde Porto Alegre hasta la frontera con Uruguay el paisaje del Río grande do Sul se vuelve salvaje y amargo. Los colores son fuertes. La laguna azul marino y alrededor el verde intenso de la vegetación baja. El cielo liso y el sol caliente anticipan el verano.



Grandes aves, tortugas de agua, un pequeño lagarto y un lobo marino muerto en la playa, son los habitantes del limite sur de Brasil que nos saludan antes de salir del país.



El Chuí es una ciudad distinta. Un puerto franco, encajado entre dos fronteras y centro de atracción comercial. Olvídate de los precios y la variedad de Ciudad de L’Este, sin embargo Chuí se defiende. Y casi casi, por algunos artículos vale la pena venir desde Argentina, para comprarlos.



En el Chuí, en un camping con cabañas, todavía encontramos frío. Por la noche encendemos el fuego en la chimenea. Pero durante el día tomo sol y aprovecho de Juana, la masajista tirolesa que cariñosamente (muy cariñosamente) cura mi cuerpecito hecho mierda por los mil y mil kilómetros recorridos. ¡Che… que manos! ¡¡Y que ojos!!



Uruguay, como Paraguay, prácticamente está deshabitado. Un campo enorme y similar a un dulce paisaje inglés. Bien cuidado, con lagos artificiales, bosques de árboles en fila, las rutas semivacías y la cultura de los coches antiguos.



Comento que estoy viajando a lo largo del camino costero y que en el interior, donde hay selva, el paisaje es menos sereno.



Punta de l’Este, por ejemplo, es una capital del turismo, llamada la Suiza de Ameria del Sur, donde toda la fascinación se ha ido, y en su lugar encontramos la perfecta eficiencia de los grandes hoteles, de las autopistas, de los chaletes que recuerdan Beverly Hills y las playas de Santa Mónica.





Es interesante. Hablo de algo que nunca vi. Pero las películas de los EU, de las cuales soy gran admirador, por un lado me han introducido a esos lugares, por otro lado, me han quitado la curiosidad para visitarlos.



Al contrario nunca vi una película girada en Montevideo (solo Gilda, pero en realidad Montevideo había sido reconstruida en los estudios de Hollywood).
Las cosas cambian. Y cada persona ve el mundo con sus propios ojos. Me habían hablado de la capital del Uruguay describiéndola pequeña, atrasada, característica, y relativamente pobre.



He conocido una ciudad vital, con una energía comparable a la de Buenos Aires: personas hermosas, buena onda, y una maravillosa costanera, porque Montevideo es una península.



El perfil de la ciudad es dominado de una torre diseñada por el mismo arquitecto que en Buenos Aires ha construido el edificio de Avenida de Mayo nº1460.



Conozco a Ada que crea una muy buena onda cada mañana que se despierta. Ella nos lleva a vivir la noche, en la ciudad vieja. Montevideo no es Buenos Aires. Sino es su hermanita menor, no menos hermosa seguramente. Pero el reclamo de Argentina es más y más fuerte y decido salir de esta ciudad re dulce, para zambullirme otra vez en el quilombo porteño.





Colonia sí, es característica y exclusivamente para las vacaciones de perfil bajo, al revés de Punta de l’Este. Desde Colonia una lancha transbordadora nos lleva en una hora a la costa del sur del Río de la Plata.



Bueno… antes tengo que discutir con una media docena de empleados de la nave para subir. Un poco boludos, pero sin embargo todos amables. Parece que la Bambi no entra por el tema de la altura … pero sí, entra… no, no entra…vale, pero yo digo que entra… no, hemos medido, no puede entrar…. ¡pero che, por lo menos intentemos!!!
Tenía razón. ¡Soy Gardel!